Nuestro Señor Jesucristo es el modelo supremo de humildad. Él, siendo Dios, no se aferró a su igualdad con Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres.
Su humildad se manifestó en su nacimiento humilde, su vida de servicio, y culminó en su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz, como nos revela Filipenses 2:5-8: "Haya, pues, en vosotros este mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."
Jesús nos invita a aprender de Él, diciendo: "Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas" (Mateo 11:29). Su humildad no fue debilidad, sino una manifestación de poder divino en sumisión.