A menudo, cuando el Señor nos llama a una tarea o nos revela un propósito, nuestra primera reacción es la incredulidad y la auto-duda, un sincero "¿Por qué yo, Señor?" como si nuestra insuficiencia humana pudiera limitar la omnipotencia divina. Pero la Escritura nos recuerda que Dios no busca personas ya capacitadas, sino que capacita a aquellos que Él escoge. Moisés tartamudeó su inseguridad, pero Dios le dijo: "Ahora pues, ve; yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar." (Éxodo 4:12).
No es por nuestras propias fuerzas o méritos que somos escogidos, sino por Su gracia soberana. Como dice 1 Corintios 1:27-29: "sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia." Dios nos moldea para Su propósito, revelando Su poder en nuestra debilidad.
Cada uno de nosotros es "obra suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Efesios 2:10). Tu "¿Por qué yo, Señor?" es una invitación a descansar en Su poder y no en el tuyo, a reconocer que Él te equipará, te fortalecerá y te guiará para cada paso del camino.
En otras ocasiones, el clamor "¿Por qué yo, Señor?" surge desde la profundidad del dolor, la adversidad o la incomprensión de nuestras circunstancias. Nos encontramos en medio de pruebas que parecen injustas o insoportables, y nuestra alma anhela comprender el propósito detrás del sufrimiento. Pero la Biblia nos enseña que Dios no es ajeno a nuestro dolor, ni permite que el sufrimiento sea en vano.
Santiago 1:2-4 nos exhorta: "Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna." Las pruebas, aunque dolorosas, son crisoles que refinan nuestra fe, desarrollan nuestro carácter, nos enseñan dependencia y nos acercan más al Señor.
Incluso cuando no comprendemos el "porqué" de la adversidad, podemos aferrarnos a la promesa inmutable de Romanos 8:28: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." Dios usa cada circunstancia, buena o aparentemente mala, para cumplir Sus designios en nuestras vidas y para glorificar Su nombre. Él está contigo en el fuego y en el agua (Isaías 43:2).
Sea que tu "¿Por qué yo, Señor?" provenga de un sentido de inadecuación ante un llamado divino, o de un corazón quebrantado por la adversidad, la respuesta celestial es siempre la misma: "Confía en Mí." Él nos invita a ir más allá de nuestra comprensión limitada y a abrazar Su sabiduría ilimitada. Proverbios 3:5-6 nos dice: "Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas."
En lugar de cuestionar el "por qué" de Dios con desesperación, somos llamados a confiar en Su carácter inmutable. Él es bueno, Él es justo, Él es soberano y Él es amor. Su plan para nosotros es de "paz y no de mal, para darnos el fin que esperáis" (Jeremías 29:11). Al entregar nuestras dudas y temores, encontramos la fortaleza sobrenatural que solo Él puede dar (Filipenses 4:13).
Así que, querido hermano, querida hermana, la próxima vez que el "¿Por qué yo, Señor?" resuene en tu corazón, recuerda que no estás solo. Es un eco de la humanidad buscando el propósito divino. Responde con un "Aquí estoy, Señor, úsame" o "Aquí estoy, Señor, sostenme", sabiendo que Su gracia es suficiente, Su poder se perfecciona en tu debilidad, y Su plan para ti es inquebrantable y perfecto.