Hermanos y hermanas en Cristo, el ayuno, lejos de ser una práctica meramente ritual, es un acto espiritual profundo con un poder transformador. Mateo 6:16-18 nos exhorta a ayunar, no para ser vistos por los hombres, sino para ser vistos por nuestro Padre que está en secreto. Este ayuno, unido a la oración humilde, nos acerca al corazón de Dios, permitiendo que Él nos limpie y nos renueve.
El ayuno nos despoja de lo superfluo, enfocando nuestra atención en lo esencial: nuestra relación con Dios. A través de la abstinencia física, buscamos una mayor conexión espiritual, permitiendo que el Espíritu Santo obre poderosamente en nuestras vidas. Como dice Isaías 58:6-8, el ayuno verdadero no consiste simplemente en dejar de comer, sino en desatar las cadenas de la injusticia, soltar las cargas de opresión, y compartir nuestro pan con el hambriento.