En primer lugar, la dependencia absoluta en Dios. "Pero él me dijo: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad." (2 Corintios 12:9). Reconozcamos nuestra fragilidad y busquemos Su fuerza. En segundo lugar, la disciplina espiritual regular. Como un atleta entrena su cuerpo, debemos entrenar nuestro espíritu a través de la oración, la lectura de la Biblia y la comunión. Por último, la perseverancia. "No desmayemos en hacer el bien, porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos." (Gálatas 6:9). La constancia espiritual no es una meta inmediata, sino un proceso que requiere tiempo, esfuerzo y la gracia de Dios.