En Juan 19:28-37, observamos el momento de la muerte de Jesús. La lanceada en su costado, de donde salió sangre y agua (Juan 19:34), simboliza el don del Espíritu Santo (Juan 7:38-39) que fluye hacia la humanidad. Su muerte no es un final, sino un comienzo. Su sepultura en el sepulcro de José de Arimatea (Mateo 27:57-60), prefigura la resurrección victoriosa que está por venir, dando esperanza a todo creyente. La declaración del centurión romano, "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mateo 27:54), confirma la divinidad de Jesús.