Hermanos y hermanas en Cristo, Romanos 12:10 nos da una instrucción clara y concisa: "En el amor fraternal, teniéndoos unos a otros en alta estima."
Este versículo no es una sugerencia, sino un mandato. Es una parte integral de la vida cristiana, reflejando el amor de Cristo por nosotros (Juan 13:34-35): "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros."
El amor fraternal no es un sentimiento superficial, sino una acción consciente y deliberada, una elección que hacemos diariamente para reflejar el carácter de Dios.
La frase "teniéndoos unos a otros en alta estima" destaca la importancia de valorar a nuestros hermanos y hermanas en la fe. No se trata simplemente de tolerarnos, sino de apreciarnos mutuamente.
1 Pedro 1:22 nos exhorta a "habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para un amor fraternal puro, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro". Este amor puro nos lleva a valorar el carácter, los dones y las contribuciones de cada miembro de la comunidad cristiana.
Debemos buscar activamente las virtudes en los demás, celebrando sus éxitos y apoyándolos en sus tiempos de dificultad. Esto implica un compromiso con la humildad, reconociendo que cada uno de nosotros tiene sus fortalezas y debilidades (1 Corintios 12:4-7).
¿Cómo podemos aplicar este principio en nuestras vidas? Debemos esforzarnos por ser pacientes y comprensivos con los demás, perdonando las ofensas como Cristo nos ha perdonado (Efesios 4:32: "Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.").
Debemos buscar activamente oportunidades para servir a otros, utilizando nuestros dones y talentos para edificar el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:7). Esto incluye la práctica de la hospitalidad, el apoyo mutuo en tiempos de necesidad y la construcción de relaciones significativas con nuestros hermanos y hermanas en la fe.
El amor fraternal no es una opción, sino una necesidad vital para el crecimiento espiritual y la unidad de la iglesia. Al amarnos unos a otros con alta estima, reflejamos el amor de Cristo y demostramos al mundo el poder transformador del Evangelio.