Hermanos y hermanas, el capítulo 11 de 2 Samuel nos presenta un relato desgarrador de la caída de un hombre elegido por Dios, David, rey de Israel. "Y aconteció al volver del año, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él sus siervos, y todo Israel; y destruyeron a los amonitas, y sitiaron a Rabá. Mas David se quedó en Jerusalén." (2 Samuel 11:1). Aquí vemos el inicio de su debilidad, una ausencia física que abrió la puerta a la tentación.
Desde la comodidad de su palacio, David observa a Betsabé, una mujer hermosa y casada. Su mirada se convierte en deseo, y el deseo en acción. Este acto, un simple mirar, se convierte en el primer paso hacia una espiral descendente de pecado. "Y vio David desde la azotea una mujer que se estaba bañando; y era la mujer muy hermosa." (2 Samuel 11:2). Observemos la falta de control, la falta de respeto a Dios y a su prójimo. Un claro ejemplo de cómo el ojo es la lámpara del cuerpo, según Mateo 6:22.